Por Jesús Diamantino
Cuando se confirmó el despido de Melissa Barrera por parte de Spyglass Media Group como protagonista del reinicio de la saga Scream, seguido por la renuncia de la co–final girl Jenna Ortega, la salida de los directores Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, y posteriormente la de Christopher Landon (Feliz día de tu muerte), muchos dieron por muerto el proyecto. Todo parecía encaminado a repetir el naufragio que en su momento insinuó el intento fallido de reiniciar la saga a inicios de la década pasada.
Sin embargo, el regreso de Neve Campbell como Sidney Prescott y la confirmación de Kevin Williamson -guionista de las dos primeras entregas y de la cuarta- como director reorientaron el rumbo. Pero no hacia una supuesta modernización pensada para audiencias jóvenes, sino hacia el corazón mismo de la saga: el espíritu original de Scream (1996).

En Scream 7, Sidney vive una vida aparentemente tranquila junto a su familia. La irrupción de Ghostface destruye ese equilibrio y la obliga a enfrentarse nuevamente al horror para proteger a su hija adolescente, Tatum. La estructura narrativa sigue siendo reconocible: asesinatos cada vez más brutales, humor autoconsciente y giros en el tercer acto. Pero esta vez todo se intensifica: más violencia, más crudeza y una autorreflexividad más incisiva.
La saga siempre ha sabido dialogar con la tecnología de su tiempo. Si Scream 4 criticaba el auge de YouTube y la lógica de la fama instantánea, donde la victimización podía transformarse en capital mediático, Scream 7 desplaza el foco hacia la inteligencia artificial. Aquí la IA no es solo un recurso argumental, sino un punto crítico: la película introduce la inquietante posibilidad del reemplazo, de la automatización de los cuerpos y las identidades, sugiriendo un horizonte donde incluso el horror podría ser generado sin humanidad.
El nuevo Ghostface encarna precisamente ese vacío: no solo la violencia, sino la búsqueda contemporánea de gurús digitales y soluciones algorítmicas para sanar traumas en lugar de enfrentarlos. Frente a ello, el regreso de Sidney no es solo narrativo, sino simbólico. Volver a lo original y lo orgánico -a una final girl de carne y memoria- se convierte en una forma de resistencia frente a una industria que coquetea con la sustitución de lo humano.
En este sentido, Sidney ya no lucha únicamente por sobrevivir o proteger a su hija, sino por asumir su pasado y transformarlo en una responsabilidad: no solo es víctima, también es una figura que inspira.
Y aquí radica una de las decisiones más polémicas de la película. En lugar de insistir en remedos contemporáneos de final girls -encarnadas por actrices de gran popularidad, pero de talento actoral más bien limitado- Scream 7 apuesta por recuperar su núcleo. La ausencia de Campbell en Scream 6 dejó una entrega que, más que una continuación, parecía un especial navideño complaciente. Esta nueva película (sin ser perfecta) corrige ese desvío y restituye el peso dramático que la saga había extraviado.
¿Sigue ofreciendo Scream 7 asesinatos feroces, giros audaces y diversión? Sí. Pero aquí lo hace desde un gesto más consciente: en tiempos donde la IA amenaza con automatizar incluso la creación artística, volver al origen no es nostalgia, sino una declaración de principios.
El terror, parece decir Scream 7, aún necesita cuerpos reales para seguir siendo perturbador.

