Crítica de cine: “En la cuerda floja”

 Crítica de cine: “En la cuerda floja”

True story (historia real). Eso es lo primero que aparece al iniciar esta película, con letras grandes. No dice “basado en una historia real” (aunque lo sea), y en este caso es muy importante porque el relato es tan increíble y sorprendente, que probablemente no lo creeríamos si fuese inventado; sería inverosímil o habría sido una historia definitivamente fantástica.

Philippe Petit es un acróbata callejero francés que a mediados de los años 70 se le mete la idea en la cabeza de poner una cuerda floja y atravesarla, cruzando las Torres gemelas de Nueva York en su parte superior, esto es, a más de 400 metros de altura. En ese tiempo las torres estaban en construcción y eran los edificios más altos del mundo. La distancia entre ellas era de 43 metros, por lo tanto la idea de Philippe era a todas luces una locura imposible de hacer.

Sin embargo, la historia nos cuenta que se dieron las condiciones necesarias para que este acróbata lograra su desafío: primero, un talento, perseverancia y valentía que se deben dar pocas veces en una persona, de hecho nunca otro artista ha realizado una peripecia tan arriesgada como esa. Segundo, contó con el apoyo de su novia y su mejor amigo. Y en una aventura como esta el apoyo incondicional de ellos fue fundamental.

Ahora, en rigor eso era lo único con lo que Philippe contaba, pues no tenía los recursos económicos para hacer su acto y tampoco tenía los permisos para hacerlo. De hecho y como es evidente pensar, no se los habrían dado. Ninguna autoridad le habría permitido a un artista callejero francés a realizar un acto suicida en pleno Nueva York. Así, la película nos cuenta toda la aventura que significó hacer esta proeza, partiendo con la formación de nuestro protagonista en el arte del funambulismo, hasta su ejecución el 7 de agosto de 1974.

La historia en sí es fascinante, por lo que Robert Zemeckis partía sembrando sobre un terreno muy fértil al iniciar este proyecto cinematográfico. Eso sumado a la experiencia del hombre que hizo la saga “Volver al futuro” y “Forrest Gump”, da como resultado una cinta muy bien lograda, vertiginosa y emocionante, de esas que a uno lo mantienen al borde del asiento, incluso desde el principio.

Zemeckis además, aprovecha al máximo el factor del 3D, lo que en este caso resulta gravitante para el espectador. Durante varias escenas el público realmente sentirá el vértigo y el miedo de estar a más de 400 metros de altura, con la única excepción de no sentir las condiciones climáticas por supuesto. El resto, es un verdadero espectáculo, uno siente que está ahí y empatiza con las emociones de los personajes, no solo con Philippe, sino también con quienes colaboran con él.

El premiado cineasta además es honesto al inclinarse por el espectáculo y no profundizar mayormente en los problemas personales de Philippe o sus amigos. La cinta no es un drama, sino derechamente una cinta de aventuras, y es imposible dejar de sorprenderse con cada escena al recordar que es una historia que sucedió realmente.  En este sentido Zemeckis es astuto ya que tenía detrás el peso de que su gran escenario son las Torres gemelas y toda la carga emocional que ello tiene, en especial para los estadounidenses. De esta forma el director nos aleja de la tragedia y se centra en la figura de Petit y la hazaña lograda.

Al trabajo de cámara y los efectos digitales, se suma la maravillosa música de Alan Silvestri (eterno colaborador de Zemeckis), que es capaz de trasladarnos a los años 70, tanto en París como en Nueva York, y agregarle el toque de emoción preciso a las escenas de tensión.

Por otro lado, el rol protagónico lo tiene Joseph Gordon Levitt, un actor carismático que en pocos años se ha transformado en una de las grandes figuras de Hollywood y a quien el papel del artista francés no le queda grande. De hecho su pronunciación es impecable y realmente parece alguien nacido en las tierras de Eiffel. También se agradece en el reparto la incorporación de Jeff (César Domboy), uno de los amigos que lo ayuda en su odisea, quien sufre de vértigo y que de alguna manera representa al público que ve la película, y de Ben Kingsley como el Papa Rudy, el mentor de Petit y con quien se dan los mejores diálogos de la película.

“En la cuerda floja”, una vertiginosa cinta (nunca mejor usado este adjetivo), graciosa, de esas que uno puede ver una y otra vez. Y si puede hacer el esfuerzo le recomiendo que la vea en 3D o mejor aún, en la sala IMAX.

Por Juan Carlos Berner

En Twitter: @jcbernerl

Related post

Deja una respuesta

Su dirección de correo no se hará público.