Crítica a “Chernobyl” ¿Somos dueños de nuestro destino?

“Chernobyl” es otra de esas tantas series que uno termina viendo porque se le hizo una campaña publicitaria tan gigantesca que o se te aparece a cada rato en Internet o escuchas a tus amigos hablar de ella. Y claro, como quieres subirte al carro y quieres pertenecer, la ves. Después de todo ¿Quién quiere quedarse fuera de la fiesta? Claro, a menos que seas uno de esos que se enorgullecen de ser del 1% que no ha visto y bla bla bla cállate me aburres, zoquete.

Los cinco episodios nos relatan el desastre ocurrido en 1986, las fuerzas que se pusieron en marcha para evitar que las consecuencias fuesen mucho peores de lo que ya estaban siendo. El protagonista es Legasov (Jared Harris), quien encarna el arquetipo del científico que debe lidiar con burócratas y políticos que anteponen la imagen o los protocolos a su gente, lo que termina costando la vida de miles (Sí, lo mismo que en “Tiburón”, “Bolgen”, y todas esas historias en las que nadie escucha al experto hasta que es demasiado tarde). Hasta aquí todo bien. El problema apareció cuando en esta oportunidad, el aparato burocrático e incompetente no era el gobierno de los Estados Unidos, sino la Unión Soviética, lo que se interpretó como que la narrativa iba en detrimento del régimen comunista. Curioso ¿No? ¿Desnudar las falencias de un régimen, el siquiera sugerir que podían cometer errores o que en su gobierno habían elementos incompetentes es indicio de que estamos frente a propaganda gringa anticomunista? Decididamente no.

Se cuenta que los rusos han manifestado la idea de contar su versión de la historia, lo cual me parece fantástico, pero convengamos en que de concretarse dicho proyecto, este será igual de ficticio que la serie de HBO. Porque, mes amis, la serie NO es un documental sobre el desastre. Si quiere informarse de este, lea un libro, mire documentales, pero no series o películas de ficción. Y por lo mismo, no se queje si Gorvachov no se comporta como un campeón en esta serie, o si hay dirigentes del partido comunista que mienten, se equivocan o tratan mal a los subordinados. De hecho, cuesta pensar en ese incidente como un festival de camaradería y buena disposición, no importa qué tan comprometido estés con los socialistas. Reconocer la humanidad en estos no equivale a decir que el comunismo es peor que el capitalismo. Y ese mismo principio debería aplicarse a cualquier historia de ficción basada en hechos reales: “Vikingos”, “Bohemian Rhapsody”, “Luis Miguel”, “Los Archivos del Cardenal”, etc. Si alguien se queja de que alguna de estas historias no son un calco histórico de la realidad, lo felicitamos, pues acaba de descubrir la pólvora.

Si logran superar ese shock inicial, podrán disfrutar de cinco episodios muy interesantes con personajes muy humanos que deben tomar decisiones difíciles sustentadas en dilemas éticos, como el de sacrificar a tres personas para salvar a miles, o pedirle a alguien que vaya a un lugar, incluso sabiendo que al hacerlo no vivirá más de una semana. Una lección de que, incluso en un gobierno socialista como el de la URSS, habían jerarquías, peones sacrificables, y mucha arrogancia. Sí, nadie es perfecto, eso no convierte a nadie en un derechista rabioso.

Otro de los tópicos interesantes de “Chernobyl” es esta idea paranoica, tan popular en la Guerra Fría, de que en cualquier momento de tu vida estalle una bomba y todo se irá al carajo. No eres dueño de tu destino. Un día, un pelotudo se equivocará en una tarea de rutina y llenará el aire de veneno radioactivo que te matará lentamente. Es fácil identificarse con ese miedo, tan propio de la sociedad moderna. Puede que ya no temamos a la radioactividad, pero sentimos lo mismo con los pesticidas en los alimentos, los desastres naturales, la amenaza terrorista, una planta industrial en una zona de sacrificio, una catástrofe económica en Wall Street, una mala ejecución por parte de un político, etc. Estamos a un día de que nuestro frágil estilo de vida se acabe, y ese miedo está muy bien retratado en la serie.

En los tiempos actuales cuesta no ponerse paranoico. Y uno no solo se cuestiona la credibilidad de los aparatos políticos, la economía mundial, las comunicaciones, y por supuesto que también la cultura que consumimos. Resulta paradójico que esto me haya pasado con “Chernobyl”, serie que nos recuerda que somos pulgas frágiles a merced de dioses modernos. ¿Por qué acabamos viéndola? ¿Por decisión personal, o presión social? ¿Qué tanto caso le hacemos a la publicidad y los algoritmos de Internet? ¿Es posible independizarse de estos? ¿Cuántas de las series y películas que consumimos lo hicimos por decisión personal, y cuántas porque eran una tendencia? ¿Qué tanto poder ejerce sobre nosotros Netflix, Amazon y las otras grandes cadenas? ¿Podrían en el futuro decidir sobre nuestra forma de pensar y comportarnos? No, decididamente no somos dueños de nuestras vidas. Y saberlo asusta, asusta mucho.

Por Felipe Tapia, el crítico que muchos han lamentado subestimar

Autor: Cine

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